jueves, 4 de febrero de 2010

¡Última parada!: Santiago de Compostela

Tras dormir en Melide, partiremos hacia nuestro destino final: Santiago de Compostela. Tardaremos unas 11 horas en recorrer 52.8 km.


SANTIAGO DE COMPOSTELA:
En su momento de mayor esplendor, el siglo XII, Santiago era una ciudad ceñida por una muralla con siete puertas. En su interior se levantaban ocho iglesias y monasterios, además de la catedral.
Ciudad volcada casi por entero a las peregrinaciones, creció alrededor de las vías de acceso más importantes: la sur, que la unía con Padrón; la del este, que recibía el mayor tráfico de peregrinos; y la del norte, que la unía con el puerto de La Coruña. De estos núcleos, el más poblado fue el situado al sur, a lo largo de dos calles paralelas que se unían cerca de la puerta Fajera.
Pero la animación se extendía por todo el recinto amurallado, en especial junto a la catedral. El visitante se encontraba allí infinidad de establecimientos: hospederías, posadas, etc.
Según la Guía del Peregrino el mayor número de tiendas se encontraba en la plaza abierta frente a la puerta norte, actual de la Azabachería. En esta plaza se hallaba también una fuente monumental, surtida por un acueducto, que los peregrinos utilizaban para lavarse antes de entrar en la catedral. Cerca de ella estaba el Hospital de Pobres, institución que procuraba trajes nuevos a los peregrinos sin recursos. Las ropas viejas se quemaban en el tejado de la catedral. El lo que coinciden también todas las crónicas es en la pobreza de las casas, construidas de madera y en la angostura de las calles.
Una construcción destacable era el palacio arzobispal, levantado por Diego Gelmírez y conservado en parte hoy. También lo eran el monasterio de San Pelayo de Antealtares, al este de la iglesia de Santiago y separado de ella por un cementerio de peregrinos, y el de San Martín Pinario, situado junto al camino de La Coruña. Bulliciosa y cosmopolita, Santiago de Compostela fue una ciudad eminentemente burguesa que no perdió su carácter internacional hasta bien entrada la Baja Edad Media, cuando el fenómeno de las peregrinaciones decayó ante una fe menos primitiva que la que propició el abusivo culto a las reliquias. Sin embargo, no dejó de cumplir su papel cultural de la mano del mismo impulso que la vio nacer: el de intentar convertirse, por encima de las nacionalidades, en referencia de la unión europea como en su día lo fuera Aquisgrán, ciudad cabecera del Imperio Carolingio.

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